Llegar a la minoría de edad



A veces siento que somos todos una pandilla de adolescentes como los que veo desde mi ventana respetando con dificultad la distancia de seguridad, cuando disimulando con la bolsa de la compra bajo el brazo, quedan para verse un momento mientras se dirigen al súper cada uno por su camino, más o menos. Y es que creo que, si fuéramos realmente mayores de edad, no habría coronavirus que nos tosiera (con tos seca) sobre nuestras libertades, porque ya nos encargaríamos nosotros de limitarlas en función de las circunstancias. Si fuéramos mayores de edad, cada uno de nosotros pensaría en cómo puedo frenar yo esta pandemia, sin necesidad de que me lo dictase las instituciones competentes. Bastaría con que me lo explicaran una vez y con información veraz, esas autoridades que me tratarían como a un ser pensante y reflexivo, para actuar de forma solidaria con mis vecinos, que también serían mayores de edad. 
No saldría a la calle con mi hijo de cinco años porque él ha entendido y aceptado la situación (a la manera de entender y aceptar de un niño de su edad, que está muy por encima de las expectativas, si tú te agachas y le explicas con palabras sencillas lo que ocurre) pero tampoco miraría con envidia al que lo hace con un bebé de apenas dos años medio desquiciado por el encierro, ni pensaría que los dueños de los perros son unos privilegiados, porque entendería mi responsabilidad y las circunstancias de mi vecinos. Tampoco increparía a un deportista profesional que saliera a entrenar (es decir, a trabajar) tomando las medidas de protección adecuadas propias y frente a terceros, tal y como sí están permitiendo en Francia, por ejemplo, un país en el que los gobiernos tratan a sus ciudadanos como mayores de edad y se cuidan muy mucho de coartar libertades sin que las restricciones estén perfectamente justificadas. Pero claro, esto es cuestión de confianza.

Así, con los mayores de edad franceses se utilizan palabras contundentes como “guerra” (contra el coronavirus) porque serán capaces de filtrar el pánico y activar la responsabilidad, se establecen multas proporcionadas al “delito” (de 38 a 135 euros) dando por hecho que no es necesaria la disuasión (de cientos a miles de euros) porque ya todos son mayorcitos para actuar en responsabilidad. Y se pone como requisito para circular por la calle la posesión de un formulario en el que se justifique “por su honor” el motivo de su desplazamiento (entre los que se puede encontrar la realización de una actividad física individual) porque el honor es algo importante entre los adultos, claro. Y si no funciona, se pondrán más duros, pero sus gobiernos, en primera instancia, confían.

Sin embargo, cuando a los que te diriges son menores de edad (seguramente porque siempre han sido tratados como tales y se han acomodado en la zona de confort de que les digan lo que tienen que hacer, aunque después renieguen de ser mandados), aparecen las fotos de La Pedriza después de que la CAM advirtiera de la necesidad de quedarse en casa (en un intento de que actuásemos con responsabilidad), o una señora de 80 años aparece en la farmacia (el día después de la declaración del estado de alarma),  a comprarse “un suplemento alimenticio de batido de vainilla de primerísima primera necesidad” en palabras de la farmacéutica que no disimula su enfado tras la mascarilla. “Somos un país de insolidarios”, añade. Sin embargo, lo que yo creo es que somos un país de menores de edad, y como tales nos comportamos. No acabamos de entender que hay que actuar como una comunidad solidaria y que para que tú puedas trabajar #yomequedoencasa, que para que tú tengas una cama en la UCI #yomequedoencasa, que para que sigamos teniendo médicos sanos #yomequedoencasa, que para que tú puedas dar un paseo a tu perro #yomequedoencasa, que para que tú puedas salir con tu hijo discapacitado para que le dé el aire #yomequedoencasa, y que para que tú puedas hacerlo con tu bebé, durante diez minutos al patio vacío de la urbanización en la que vives, #yomequedoencasa. Pero no, claro, porque para estos últimos supuestos necesitas un informe médico que lo demuestre, que tu hijo discapacitado o tu bebé tienen otras necesidades diferentes a las mías.

En estos supuestos, si fuéramos mayores de edad y no hubiéramos perdido el sentido de la moderación, no tendríamos que ser testigos de situaciones berlanguianas como que un portero amenace con llamar a la policía al ver a ese padre con ese bebé en esa urbanización privada, posiblemente debido a la denuncia de algún vecino que no pueda soportar no tener perro al que sacar a pasear. Y no es que yo esté en contra del confinamiento, sino todo lo contrario. Porque sé que para que esto termine, yo, que puedo porque mis circunstancias y mi paciente educando me lo permiten, tengo que quedarme en casa para que otros puedan salir, pero me gustaría que entre esos que salgan estuviera también el sentido común. Pero, claro, luego está la foto de La Pedriza, la mujer de 80 años, el otro abuelo de 85 diciendo que él sobrevivió a una guerra, y se me quitan todas las esperanzas de que alguna vez alcancemos la mayoría de edad. Y con los modelos que tienen, ni siquiera creo que esos adolescentes que veo ahora desde mi ventana la cumplan algún día, aunque dentro de un par de años puedan votar.

Así que lo siento, amigos, como siempre, pagaremos justos por cafres, pero que sepáis que, por si sirve de algo, #nosotrosnosquedamosencasa.

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