Así que la primavera era esto.
Acostarte diluviando y amanecer con un sol resplandeciente. Ver a través de la
ventana que los árboles reverdecen, que las flores brotan, todo despacio, todo
a su tiempo. Contemplar cada día algún pequeño cambio en el jardín de enfrente,
y no un buen día, de repente todo junto, cuando te paras a mirar de la que
pasabas por allí. Resulta que la primavera eran cambios, un día tener ganas de
llorar y al día siguiente de reír a carcajadas, como borracha de paredes. Y de
muebles y de ventanas abiertas cuando ha dejado de llover. Esto se acaba, vamos
saliendo, pero en realidad esto no se acaba. “Cuídate más de lo que te digan”
nos dice un doctor que ahora se ha convertido en influencer (o casi). Son algunos cambios que ha traído esta
primavera.
Los que hemos empezado a salir
tras el confinamiento ya vivimos esa nueva
realidad llena de geles hidroalcóholicos en los bolsillos para tenerlos a
mano, por si el niño toca algo sin querer (porque ellos son conscientes del
peligro mucho más de lo que creen los que se han apuntado a una especie de
lobby anti-niños), de guantes, mascarilla que te asfixia y con la que tienes que
gritar un poco para que el pequeño te oiga. Intentando sacar lo mínimo a la
calle para tener que desinfectar lo mínimo a la vuelta. Yo me pregunto cuándo
volverán los abrazos, mi hijo cuándo volverá a ver a su abuelo y a ir al campo.
Ese campo que seguro que ha estado mucho mejor sin nosotros descuidándolo. Qué
bien que se acabe el confinamiento, pero qué pena.
Seguro que no es verdad, pero a
mí me parece que las amapolas nunca fueron tan rojas ni las margaritas
silvestres tan grandes. Los pájaros tan libres ni los gatos de Madrid tan
delgados y tan instintivos, supongo que han descubierto que su misión estaba
más cerca del flautista de Hamelin que del marajá de Kapurthala, y puede que
ahora haya menos roedores por la ciudad. Puede que me equivoque, pero me parece
que incluso el cielo de esta ciudad está más limpio. Ah, no, que esto es
verdad, que lo demuestran las fotos desde lugares donde nunca habían logrado
quitarse la boina, no de lo rural (¡ojalá!), sino de lo contaminado. Así que
qué bien que se acabe esta no-normalidad
para poder disfrutar de estas ciudades nuevas, pero qué pena.
Porque temo que los árboles no
nos dejen ver el bosque; que, contemplando la catástrofe de cerca, mirando a
los muertos, perdamos de vista de dónde ha venido. Que no ha sido un
murciélago, un pangolín o un virus que se despistó en un laboratorio para hacer
el mal, que eso sólo ha sido la cerilla, sino las condiciones para el incendio
que hemos dejado fraguar en el planeta y al que hemos contribuido en mayor o
menor medida, en mayor o menor displicencia, permitiendo que cualquiera
destruyera nuestra casa y por tanto a nosotros mismos. Tengo la sensación de
que ya estemos perdiendo de vista las reflexiones que nos hemos hecho durante
las primeras semanas, inmersos ahora en la guerra de quién sale antes de casa,
quién se corta el pelo antes, quién tiene más niños o menos perros. Temo que
olvidemos lo que hemos compartido por la ventana a las ocho y cinco estos días,
después de los aplausos: que la contaminación mata y ayuda a matar, que parece
que no era tan difícil convertir una ciudad en ciclable, que tampoco era imposible trabajar desde casa en algunos
casos, que imagínate que se instaura y puedo irme a vivir a donde quiera, y que
quizás haya que viajar menos o viajar mejor, que tal vez se pueda vivir sin coche o
con menos coche, que podemos consumir menos de lo que lo hacemos o que lo que
realmente nos mantiene con vida son muy pocas cosas, esas a las que ahora
llamamos esenciales y que, me temo, pronto volveremos a minusvalorar.
Lo que a mí me gustaría es que
esta nueva normalidad, que ya llena
bocas y portadas, viniera también acompañada de aires nuevos (limpios de la
contaminación de la antigua normalidad)
que nos descubrieran que la norma es un estándar que se puede mover para que
quepa más gente, más formas de vida, que menos es más, que con menos unos
cuantos otros muchos vivirían un poco mejor, que ser solidario es lo que
mantiene viva a esta especie del ser humano, que somos eso, una especie
expuesta a la deriva de la naturaleza y que mucho de lo que esta nos devuelva
(un virus maldito) dependerá de lo que antes le hayamos dado nosotros (un
incendio detrás de otro, un permanente
esquilme). Que no perdamos de vista que también vienen nuevos tiempos en los que si no elegimos nosotros cómo van a ser,
otros lo harán por nosotros, y volveremos a rodar sobre las mismas ruedas,
quizás aún más desquiciadas o frenéticas, ruedas de dos velocidades todavía más
desiguales que durante la vieja
normalidad.
Qué bien que se acabe la
pesadilla, pero qué pena que se acabe el sueño.
Esta entrada fue publicada aquí por eldiario.es el 8 de mayo de 2020.

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