Nunca imaginamos que nos veríamos
en otra igual. De la noche a la mañana tener que quedarnos en nuestra casa sin
salir, como un castigo sempiterno por una falta gravísima.
Nunca imaginamos que de la noche
a la mañana muchos de nosotros podríamos (tendríamos que) teletrabajar y que
ser los pseudo-docentes de nuestros hijos e hijas. Al principio todo era un
caos, pero luego nos fuimos organizando más o menos y algunos, al final, hasta
le cogimos el gusto. Descubrimos que los niños aprenden sí o sí, aprenden a
pesar de todo, a pesar incluso a veces de sus propios padres, de sus propios
maestros, aprenden porque este verbo es inherente al ser humano; porque si no
aprendiéramos nos extinguiríamos como especie. Lo que pasa es que a veces los
niños, como los adultos, aprenden de una forma inesperada. Y por eso no lo
vemos. Sólo es necesario que prenda la chispa, que surja la bendita curiosidad,
para que torpedeen con preguntas para las que no siempre tenemos respuesta. Y
hay que estar atento (mucho, eso sí), para proporcionarles las herramientas que
puedan cubrir su demanda de aprendizaje.
Porque ellos aprenden con los
Lego aunque parezca que sólo están jugando (“todos los aprendizajes más
importantes de la vida se hacen jugando”, dice Francesco Tonucci, creador de
“La ciudad de los niños”). Y resulta que cuando una niña o un niño construye
con Lego (#graciaslego por facilitarnos el confinamiento) está visualizando el
espacio, sumando, restando, a veces dependiendo de la edad, incluso multiplicando,
aunque no sepa ni lo que es una multiplicación. Aprende a ser paciente,
resiliente y a sintetizar grandes cosas en piezas pequeñas. Y todo eso no es
baladí.
Y si tienes la ¿suerte? de encontrar
un pájaro muerto en el balcón de tu casa y tu hijo te pide verlo por dentro
(#graciasyoutube por enseñarnos a diseccionar un gorrión), no significa que
quiera ser un eminente veterinario como auguran sus abuelos, sino que tiene un
interés real por saber qué hay en el interior de lo que ve. Y aprende anatomía
mejor que si lo mira en un libro porque sus conclusiones acerca de las
diferencias entre el tamaño del tubo para respirar y el tubo para comer no las
va a olvidar jamás, ni que “¡mamá! el corazón no tiene esta forma” (dibujando
un corazón-disney en el aire), sino que es “rectangular un poco redondo”.
O puede que los paseos por el
campo se eternicen porque hay que ir persiguiendo saltamontes, que resulta que
no son siempre verdes (o casi nunca, dependiendo de la región en la que los
encuentres), o parando cada vez que aparece un bicho desconocido o una pareja
de ellos “haciendo bebés”, ya sean caracoles, polillas de la familia Zygaena
(#graciasgoogle) o escarabajos (de lo que hemos deducido que el macho tiene un
cuerno y la hembra no), visualizando el porqué del dicho “la primavera la
sangre altera”. Y esto, lejos (o no, pero eso no es lo importante) de estar
preparando un futuro biólogo (eminente a los ojos de los abuelos, por
supuesto), lo que está formando es a un ser respetuoso con su entorno.
Aprenden, pero siempre te queda
la duda de si será suficiente o si será lo que toca. Porque lo visual está
bien, lo psicomotriz también, parece que las matemáticas son bien recibidas,
pero ¿qué pasa con la lectoescritura? Pues un día, también de repente, te pide
que sigas con el dedo las palabras de los cuentos que le lees, o que le enseñes
a escribir el título de su película favorita (favorita esta semana, así que,
con suerte, cuando acabe la pandemia habremos recorrido todo el abecedario).
Porque ser autónomo también es un aprendizaje para la supervivencia, y poder
buscar la película favorita cuando tú no puedes hacerlo en los próximos dos
minutos, da mucha autonomía.
Y lo más maravilloso de todo esto
que pasa mientras tú crees que tu hijo sólo está jugando, es que estáis
aprendiendo juntos, porque tú tampoco tenías ni idea de que había una especie
de polilla tan bonita. Y lo que más te remueve ahora por dentro es pensar en
perder esto, esta cercanía con el proceso de aprendizaje de tu hijo, justo
ahora que parece que el teletrabajo puede ser una opción para ti, que lo habéis
llevado bien, que os habéis podido organizar más o menos, que la socialización
con niños la tienes resuelta con los vecinos y los amigos, y que se te ocurren muchas
más formas de llevarla a cabo ahora que has tenido que empezar a pensar en ello.
Y resulta que tú, que te creíste
los mensajes mrwonderfulianos sobre
cambiar de vida, trabajar el autoconocimiento y empezar a hacer las cosas de
otra manera, te das cuenta de que sólo iban dirigidos a ti. Y ves con decepción
cómo todos hablan de las niñas y los niños pero no con las niñas y los niños,
cómo nadie les pregunta qué es lo que quieren o necesitan en esta nueva
realidad del todo anormal a la que nos toca acostumbrarnos sin fecha de fin. Cómo
nos planteamos que hay que cambiar muchas cosas entre las que no se encuentran
las escuelas, como si fuera tiempo de todo menos de la educación.

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