Después de un primer sentimiento de horror vacui temporal en el que me autoagregué a mil y un grupos de
Telegram para conocer mil y una actividades-que-hacer-con-niños, me convertí en
seguidora de mil y una clases de yoga, de pilates, de meditación, me agendé mil
y un conciertos, obras de teatro o charlas culturales, y me descargué mil y un
libros electrónicos gratuitos (cortesía de editoriales), parece que he entrado
en un tiempo de pausa.
Ese miedo al tiempo muerto, o esa cosa absurda de no saber
qué hacer con el tiempo libre (cuando en realidad nos pasamos la vida
anhelándolo) o con el tiempo en casa, hizo saltar por los aires las redes
sociales y la brecha digital. En el momento en que se declaró el estado de
alarma, de repente, sentimos la necesidad de que nada cambiase, de llenar ese
espacio nuevo con las cosas de siempre (también el de los niños),
desaprovechando una inesperada oportunidad de hacer las cosas de nunca, esas que
nunca hacemos en casa precisamente por falta de tiempo. Paradójico.
En 1960, el psicólogo
Maxwell Maltz aseguró que necesitamos 21 días de repetición de una
acción a diario para que se convierta en un hábito. Pues hoy hemos llegado al
día 21 de esta nuestra nueva vida, así que bienvenidas nuevas costumbres. El
ser humano es una especie adaptativa al medio, sea este el que sea, y
reconozcamos que estar en casa no es el peor de los escenarios en los que
podríamos vernos. Cierto es que, quien más quien menos, todos perderemos algo
durante esta crisis. Quien menos, alguna celebración importante, paseos al sol
o saltar en los charcos cuando llueva. Quien más perderá su vida, quien un poco
menos de más, sus amores. Así que, en esta casa, privilegiados como somos hasta
el día de hoy, nos lavamos muy bien las manos y echamos el cerrojo para que el
drama nos pase de largo.
Quizás es que he hecho un sprint para llegar a la fase de aceptación del duelo cuanto antes, no
lo sé. El caso es que hoy, día 21 de confinamiento, me he puesto en pause para echar un vistazo a todas las
nuevas costumbres que estoy adquiriendo, como mirar despacio, pensar sin prisa,
encontrar piezas de Lego ilocalizables, tomar un rayo de sol (si sale) en la
ventana, aplaudir muy muy muy fuerte (ese momento de más subidón y más realidad
de todo el día), aprender a tocar algún acorde en la guitarra, usar las
tecnologías para estar cerca de gente que está lejos, escuchar (porque las
conversaciones por video conferencia no toleran las conversaciones paralelas, y
eso está muy bien para adquirir el hábito de estar en lo que se está), y
desconectar de esa misma tecnología cuando siento que me roba el tiempo
regalado. Y jugar, jugar más, jugar mejor, jugar lento. Y a esto me enseña el
pequeño educando de esta casa, que a veces se convierte en educador.
Porque resulta que los límites del tiempo se han difuminado
y eso ha sido inesperado para una persona que, como yo, intenta llegar a todo
con la sensación perpetua de no llegar a nada. Porque de repente no hay ningún
sitio al que acudir, ningún momento más que ahora. Y regar las plantas puede
demorarse cinco minutos o media hora, y dar de comer a un caracol que se
aventuró a subir por la pared hasta llegar a nuestro segundo piso, aprovechando
la ausencia de suelas de zapatos despistados que aplastan moluscos a primera
hora de la mañana cuando todavía es de noche, puede ser la actividad principal
de la mañana; y aunque en nuestra rutina está hacer algo de ejercicio por la
tarde, un ratito antes de los aplausos, puede que sólo nos apetezca hacer la
postura del perro y no la del gato, y eso también está bien; y aunque nos
encanta Astérix, hay veces que queremos leer un comic completo y otras sólo la
parte en la que Obélix vence en la carrera de aurigas al tramposo Coronavirus
(últimamente sobre todo nos gusta leer esta parte).
Y resulta que el tiempo se ha detenido para los besos,
muchos y muy largos, para las cosquillas después de despertarnos y antes de
acostarnos. Y son costumbres que yo querría mantener para siempre, hasta
después de 21 veces 21 días, sin el horror de que un virus nos ponga en tiempo
de pausa.
Esta entrada fue publicada aquí en eldiario.es el 8 de abril de 2020.

De toda situación vital se saca una lección... sólo hay que saber mirar...
ResponderEliminarSí! Es fundamental ponerse las gafas de ver la vida como viene, que a veces, detrás de la apariencia, viene bonita.
EliminarA mi lo que me sigue acunando es el silencio y el aire limpio. Oigo a los pajaroa piar y el tañido de las campanas... Vuelvo a la urbe de cientoas de años atras?
ResponderEliminarEs maravilloso, es cierto. Escuchar el silencio en la gran ciudad, una nueva sensación que grabarse en el cerebro para después de estos días.
EliminarGracias por pasaros por aquí
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